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TEATRIN VIAJERO

TEATRO INFANTIL QUE EMOCIONA

TEATRO INFANTIL QUE EMOCIONA

Por Carlos E. Herrera
Crítico teatral
Correo electrónico: critica@cantv.net
19 de agosto de 2006


Ya estamos en la recta final de la VIII edición del Festival de teatro Infantil “José G. Romero” que ha venido desarrollando de manera contundente por la Fundación Puertoteatro en la región oriental del país. Haciendo una síntesis de balance tanto de los objetivos y metas así como de las deficiencias y logros, podemos afirmar que el saldo es positivo. La organización en su denodado empeño por cubrir toda contingencia técnica y logística ha tenido que guapear con los imprevistos, en especial, a lo que se supone las seguridades de apoyo derivado de la palabra empeñada por algunos de sus tres grandes patrocinantes; por ejemplo, ciertas contingencias en cuanto a materia de alojamiento que se le debía dar a la última oleada de grupos y artistas. Nelly Villegas y Pablo Ramírez han tenido que desdoblarse y doblar la moneda para que las respuestas sean dadas en lapsos perentorios con el objeto de que los amigos participantes no tengan un mal sabor de descortesía al momento de arribar extenuados, después de largas horas de viaje, y con la presión de tenerse que montar y presentar sus trabajos artísticos en horas.

Otro factor que escapa a cualquier evento de esta naturaleza -pero que siempre debe considerarse, ya que estamos en un país tropical con dos marcadas caras climatológicas- es el tiempo. Curiosamente, por estas tierras anzoatigüenses se está presentando el paso de una fuerte onda tropical que ha tenido en vilo a ciertas funciones. Pero contra mal tiempo, con el apoyo del equipo técnico, con la buena voluntad de los grupos y, especialmente, con el entusiasmo del público no ha sido suspendida ninguna de las actividades, en todo caso, posponerse o reprogramarse. La afluencia ha sido mediana y en otros casos, ha rebosado la capacidad de aforo de algunas salas o espacios no convencionales. En cuanto a lo pautado como actividad en comunidades desasistidas, me tocó observar que hay una comunicación efectiva y compartida de responsabilidades. Cada cual en lo suyo: la logística atendiendo los elementos de transporte, contacto con el encargado del espacio, el representante comunitario de llamar a los vecinos y niños, escoger el ámbito de representación, que al final de la función cada grupo reciba una atención y finalmente, retornar a la sede para continuar con lo programado.

Un detalle sobre aspectos organizativos que se deberían reflejar en lo concerniente a la vitrina de exhibición (para ésta como para el resto que he tenido la suerte de cotejar) estriba en el hecho de que si bien esta edición -al igual como las anteriores- debería establecerse una programación “oficial” solo orientada a que en ella sean incluidos y participen solo los pares del género “teatro infantil” como género y modalidad.

Esto supondría sopesar por ejemplo si lo que se articula en calidad de exhibición ¿va más allá del solo mostrar, ver y disfrutar? ¿Qué acontece en un lapso dado (mínimo un año) en cada grupo con respecto a si han generado nuevas propuestas? ¿Si se ha decantado su búsqueda estética y conceptual? ¿Si se ha establecido una profundización de la dramaturgia por ellos seleccionada con visual de línea selectiva y particularizada de temas y argumentos? ¿Si la plantilla directiva, artística y técnica junto a las destrezas creativas e imaginativas del director se ha optimizado? ¿Si se ha posibilitado una interacción grupo con otros grupos cuando haya un momento para la discusión / reflexión del alcance del tipo de compromiso que como compañía se debe de tener en el arduo quehacer escénico nacional? Ello debe ser contemplado y revalorizado de forma más densa ¡claro está, sin caer en ortodoxias denigrantes e intolerantes- por parte de los organizadores y que una vez que se haya entendido y asimilado esto, desligarlo de la efectiva complementación de lo que debe ser la programación global de cada evento (en este caso, el Festival) que se nutre del hacer artístico de entes y agrupaciones teatrales dedicadas, por ejemplo, al universo de títere y la marioneta, del mimo, de los cuenta cuentos, de los especialista en el ilusionismo, los clowns, etcétera, etcétera.

Son montajes y presentaciones que muy bien pueden exhibirse bajo el amparo organizacional de un Festival, pero no dentro de lo formal oficial de su programación, ya que hay un cierto desvirtuamiento de los fines y objetivos que un evento de sus características debe asumir, es decir, de la naturaleza per se de cada festival y de otras actividades multidisciplinarias que cobran vida a lo largo del año en distintos ámbitos geográficos del país. Recuérdese cuan “celosos” son los titiriteros cuando asumen la organización de actividades de sus propios festivales y encuentros ya que es inusual y “raro” ver en la programación de sus vitrinas de exhibición, las expresiones creativas generadas por el amplio como disímil cosmos del teatro para niños.

Creo que en una programación que plantea lo diverso así como lo plural (teatro infantil que se apoya con elementos circenses, de las marionetas, o de los muñecos) tiene que permitir la existencia de estancos de segmentación bien delimitados donde estas manifestaciones participen, se sumen y así darle mayor variedad a quien en definitiva la va a consumir: el público. Pero no olvidemos que es un festival que convoca a mostrar y cotejarse con sus iguales y si mezclo en una programación de teatro infantil, otras expresiones escénicas e, incluso, lo que hacen los “aprendices de brujo” del teatro como lo son los chicos y adolescentes que están tomando aliento en sus talleres juveniles de teatro, hará que la óptica desde afuera se vea algo así “como un arroz con mango”.

Debe existir un espacio y momento para cada cosa; pero, es mi opinión -muy personal por cierto- que “zapatero a su zapato” y que el teatro infantil en su segmentación de producción, circulación, exhibición y consumo de producto cultural tiene que entender que si entra bajo la acción de mostrarse -sea bien en una vitrina llamada festival, jornada o encuentro- debe estar claro en sus objetivos y fines: mostrarse, discutirse, analizarse y revisarse para seguir creciendo.

Si solo es cuestión de convocar a un público y armar un festival sin la capacidad de formar, discernir las fortalezas y debilidades pues será como un eterno recomenzar donde lo que importa es más lo exterior que lo interior del hecho de hacer arte efectivo, trascendente y con capacidad de superar los escollos que todos sabemos cuales son.

Hoy comentaré un montaje. El excelente y buen espectáculo ofrecido por el emergente colectivo Ceres que vinieron en delegación del Distrito Capital con la escenificación del texto Hasta el domingo de la dramaturga y escritora argentina, María Inés Falconi, que contó con la plausible puesta en escena del joven director y actor Eliécer Paredes. Esta agrupación sorprendió a todos (y cuando digo “a todos”, me refiero a directores nacionales e internacionales, algunos cabezas de otros festivales y a toda la masa de espectadores sean estos duchos o neófitos- con su decantado trabajo escénico, su capacidad de ceder concesiones al público y generar un producto sólido, cuidado en todos los ángulos teatrales que se les quiera observar.

Desde el programa de mano con un cuidadoso diagramación e imagen, pasando por la dramaturgia del objeto, la síntesis del ritmo de la puesta, la compactación de escenas, la respuesta compositiva de cada actor y actriz, las sutilezas de los elementos no verbales (iluminación, dispositivo escenográfico, vestuario y utilería) donde lo justo del color iba de la mano con una idea de generar atmósferas para sitúo con milimétrica disposición cada situación, cada relación personaje-personaje y que cada acción dramática se hilvanase en un todo con tenía peso y relevancia hacia la recepción del espectador.

La trama, bien sustentada por el grupo a pesar de que el mensaje temático sobre las consecuencias del divorcio y, obviamente la separación física- emocional y psicológica de los padres que observa y percibe la mente y sentir de todo niño sometido a esta dolorosa situación fue, sinceramente, punto álgido para algunos grupos que sienten o creen que esta pieza de Inés Falconi no es una dramaturgia para ser mostrada para ciertos segmentos de niños cuyas edades son menores de 7 años. En todo caso, la realidad de los tiempos es que muchos infantes insertos en las grandes urbes del mundo han visto, saben o han sufrido directa o indirectamente esta clase de situaciones. Así lo temático argumental de esta propuesta textual y su representación espectacular por parte del grupo Ceres está a tono con la realidad socio familiar en lo que va en el transcurso de los primeros años de este siglo XXI y que se verifica como penosa e inocultable realidad latente en el seno de cientos de familias e infantes dentro de cada una de las sociedades latinoamericanas que ven como sus núcleos familiares se fracturan por efectos del desgaste de un amor marital, ruptura matrimonial y posterior incapacidad de saberle comunicar este hecho a sus hijos.

De una u otra forma, el niño es y estará afectado por ello; ve como su vida se divide en dos espacios tanto físicos como emocionales y dado en ese ir y venir entre la casa de uno u otro de los padres. Sus necesidades podrán bien atendidas o desconocidas por alguna de las partes adultas pero es bien sabido que el niño (a) sufrirá y hasta en algunos casos tendrá que sopesar en su interioridad los vaivenes sentimentales y de amor filial, las querencias y anhelos haciendo que los sueños y aspiraciones queden escindidos. He allí que la figura y situación de ser un niño o niña como el que es que se nos dibuja como Lucía, el personaje de esta pieza, son parecidos a muchos otros con nombres distintos pero que viven hondamente toda esta carga conflictual.

La propuesta que mostró Ceres fue asertiva y detallista. Como grupo que irrumpe en el medio teatral ha sabido colocar las cosas de lo teatral en una excelente proporción. Ellos en su mayoría son alumnos de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela e, incluso, con formación en el Teatro Universitario EL Chichón. Su labor con Hasta el domingo no dejó que los linderos del melodrama se desdibujasen. No le propuso al espectador niño o adulto facilismo de risa, exageraciones maniqueas sobre esto o aquello de la situación conflictual del drama, hubo limpieza de movimientos, consistencia e hilación en la ruptura – unión de cada unidad de contenido, un buen tejido de escenas, habilidad en la ubicación unitaria de la atmósfera del montaje y así con otros elementos escénicos que fueron comedidos y pensados haciendo que la factura de forma y contenido fuese homogénea.

La respuesta compositiva dada por la plantilla actoral fue proporcionada, sin ambages, directa en intención tanto en lo que se debía hacer y expresar. Destacaron de forma individual, los papeles dados por Vera Linares (Lucía) y Dévorah Gomero (como Florencia, su íntima amiga), Daniel Salinas (el papá), María Carolina Rodríguez (la mamá) y del director, Eliécer Paredes (quien efectúo dos papeles: un jovial y divertido chinito mesonero pero que por momentos lo dejó algo en el aire y el de vieja), todos comedidos en lo técnico expresivo, con buen talante de escena y manejo de voz con matices que dieron verosimilitud a sus papeles. Un grupo nuevo con formación, ganas y una magnífica irrupción en lo que es la difícil tarea de ser profesionales. Como diría alguien: “¡aqueos y troyanos los aplaudieron por ser un grupo que convenció!”. ¡Excelentes!

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