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TEATRIN VIAJERO

UN GUIÑO AL XXII FESTIVAL DE TEATRO INTERNACIONAL DE OCCIDENTE

<strong>UN GUIÑO AL XXII FESTIVAL DE TEATRO INTERNACIONAL DE OCCIDENTE</strong> Por: Eddy Díaz Souza.

I.
En Guanare no existen los silencios. Como en todo Festival, los organizadores van y vienen, presurosos; los espectadores aguardan, algunos se retrasan; los actores avanzan hacia la luz frontal, mientras otros embalan sus exhaustos maquillajes. Podría pensarse que el agobiante calor de la llanura sofoca las ideas, acalla el discurso y debilita el gesto. Pero no. En el XXII Festival de Teatro de Occidente, el diálogo tiene la misma temperatura de la región. Muestra de ello ha sido el Coloquio que tuvo lugar este sábado 20 de noviembre, en torno a la Crítica teatral y público: ¿comunicación inconclusa?, que contó con las interesantes disertaciones de Vivian Martínez Tabares (Cuba), Pedro Monge Rafuls (USA), Bruno Bert (México) y Leonardo Azparren Giménez (Venezuela). Por supuesto, el auditorio -compuesto mayormente por gente de teatro-, debatió a profundidad sobre el rol de la crítica y el crítico.

Más allá de los argumentos apuntalados por unos y otros, es perentorio reconocer que la crítica constituye un valor agregado al hecho escénico; así como la investigación literaria supone otro peso significativo al texto teatral. Y es que toda organización de sistema abierto –el teatro, una de ellas-, requiere de la información y evaluación, entre otros, como insumos para garantizar la comunicación, la retroalimentación... La crítica, entonces, es un indicador -además de un preciado recurso para el investigador- que permite evaluar el alcance del colectivo y de su propuesta artística, en un contexto determinado.

Sin embargo, la comunicación crítico-espectáculo y crítico-espectador ha venido sufriendo un deterioro sistemático que, a mi modo de ver, demanda de una revisión urgente de las partes implicadas.

Cuando la crítica no es complaciente, o cuando se desconfía del criterio del crítico, o cuando el silencio de éstos esparce ese polvo de olvido sobre el creador y su criatura, entonces, se recurre a la gestión de la crítica. Aunque, en este caso –y para hacerlo menos doloroso-, se le llame opinión, puro diálogo entre panas: ¿Qué te pareció? ¿Te gustó? Suelen ser éstas, interrogantes de una clásica encuesta que circula entre los grupos afines, al final de la función. Y suele ser esta opinión la que, con más o menos efectividad, se propague entre los asiduos al teatro.

Por suerte, la muestra de Teatro para niños en el Festival de Occidente cuenta con una y otra práctica: ha recibido el comentario de sus hacedores y la mirada analítica de críticos como Vivian Martínez Tabares, Pedro Monge Rafuls, Bruno Bert, Carlos E. Herrera y Luis Alberto Rosas.

Mucho se podría avanzar en este arte -el teatro para niños- si nuestros críticos abrieran, definitivamente, su ángulo óptico e intensificaran su visual.

II.
Y, aprovechando el tema (crítica y teatro infantil), me extenderé unas líneas más para colar algunos comentarios sobre la puesta es escena de la obra El último árbol, original de Alberto López de Mesa.

El espectáculo de la agrupación colombiana El guiño del Guiñol, se presentó en el Auditorio del Liceo J. V. Unda, alrededor de las once de la mañana del domingo 21. Ya se atenuaba la luz, cuando irrumpió el último grupo de espectadores. (La sala recibió ese día, unos cien niños y cuarenta adultos, aproximadamente).

El dispositivo escenográfico, un tronco de árbol bajo la luz sepia, ubicado al centro del escenario, se prestó como retablo para desarrollar la historia de un hombre empeñado en derribar el último árbol del planeta y dar paso a una “gran carretera”. Pero el propósito del talador encontrará la firme oposición de un grupo de animales, habitantes todos del tronco (una hormiga, un loro, un zorro, una culebra y una iguana), quienes resguardarán, además, la integridad del huevo del pájaro Llamalluvia, síntesis simbólica de la esperanza, y del cambio.

Si bien la pieza logra una eficaz comunicación con su público infantil –para algunos, su “natural” crítico-, ello no es síntoma de que todo funcione adecuadamente. El texto dramático refleja en las tablas la debilidad de su estructura, donde la dispersión del discurso, lejos de aportar substancia a la trama, la distorsiona con sus diversos niveles de propuestas: por un lado, la conservación de los bosques; por otro: el conflicto “progreso versus ecología”, aderezado todo ello con salpicaduras reflexivas sobre la importancia del agua.

Sólo el antagonismo entre el talador y los habitantes del árbol será resuelto, una vez que el pájaro Llamalluvia rompe la cáscara del huevo en brazos del hombre. Su afectividad repentina con el hijo de la Madre Naturaleza, lo llevará a tomar dos decisiones trascendentales: renunciar a su empleo y establecer su residencia en el árbol. Soluciones desafortunadas del autor, sin duda, que no llegan a responder las interrogantes abiertas a lo largo de la pieza. O, ¿acaso el progreso y la ecología son prácticas irreconciliables? Habría que examinar, entonces, toda la literatura que en este marco profundiza en el desarrollo sostenible, como opción que implica el uso responsable de los recursos naturales.

Con el final de esta obra nos quedan muchas otras preguntas en el aire: ¿qué pasará con el hombre encerrado en su árbol? ¿Acaso, no vendrán otros taladores a conseguir su objetivo? ¿Y la autopista, era importante?

La puesta en escena también se reciente, básicamente, por la acción muy pausada, la no siempre acertada selección de recursos expresivos del actor que interpreta al talador y por los problemas inherentes al texto. Por su parte, el espectáculo alcanza un hermoso valor plástico en el acto del renacimiento del árbol; sin embargo, no se resuelve con similar gracia la llegada de la lluvia -luego de que el pájaro simbólico abandona su albergue-, desaprovechando así la oportunidad de asombrar a chicos y grandes, con esa magia que es tan propia del teatro para niños.

A pesar de las inconsistencias anotadas, El Guiño del Guiñol ofrece un cuidado espectáculo y una depurada técnica en el manejo de los títeres; como buenos conocedores de su oficio, logran atrapar la atención e involucrar a su auditorio en la trama. La interrelación público-escena fue efectiva y manejada con sensatez. Más de un niño corrió a proscenio a manifestar su opinión, mientras otros, desde sus puestos y en un gran coro, hacían lo propio.

Al final, retumbó el aplauso de todos para El Guiño del Guiñol. Muy merecido.
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