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TEATRIN VIAJERO

CARPENTIER y el teatro de títeres

<strong>CARPENTIER y el teatro de títeres</strong> EDDY DÍAZ SOUZA
Durante la década de los 50, el destacado novelista cubano Alejo Carpentier llegaba impaciente a la máquina de escribir _muchas veces presionado por el tiempo_ y comenzaba a organizar sus ideas, para dejar en breve la crónica, sabia y culta, lista para ser publicada en su columna Letra y Solfa: Teatro. del diario El Nacional.
Hay en sus letras sobre el teatro materia feraz que nos ayuda a redibujar a este gran autor, partiendo de su misma palabra impresa. Pero hay además en sus crónicas teatrales un mapa espectacular y humano, hecho de pequeños trozos de prosa que bien pueden juntarse a la hora de reconstruir nuestro pasado escénico.
En Letra y Solfa: Teatro, la anécdota se acompaña de la reflexión. El autor recrea el color local, la escena de su tiempo, y de este punto despega para ensamblarse con la herencia universal.
Es, sin embargo, el valor que le concede al teatro de títeres lo que más llama mi atención. Por ello comentaré (o presentaré) algunos fragmentos de este artículo, aunque sugiero al lector que revise más pacientemente el volumen en su totalidad, en caso de tenerlo a mano.
Decía Alejo Carpentier en su crónica El pozo de la vieja Inés:
El teatro de títeres responde a una vieja necesidad espiritual del hombre. Los persas y los hindúes tuvieron sus títeres, y también los javaneses, bajo la forma de primorosas figuras planas, hechas para animar un teatro de sombras -intuición asiática del cinematógrafo. Y cuando la monja Hroswitha pensó en la posibilidad de un teatro cristiano, antes de que nacieran los misterios del Medioevo, lo confió al arte de las marionetas... Hoy, a pesar de todas las posibilidades ofrecidas a la imaginación por el cine y los portentos de la tramoya moderna, los escenarios de títeres siguen teniendo un público fiel en el mundo entero. Cada tarde se alza, en París, el telón del Guiñol Anatole, en los Campos Elíseos, para dar comienzo a la Farsa del gendarme apaleado. En Amberes, al fondo de una sala próxima a los muelles del Escalda, se agitan los títeres de un teatro con varios siglos de existencia, que aún animan gestas de la Andante Caballería, con los personajes de Branciforte, Huon de Burdeos y el Rey Arturo, ante un público de marineros, triscadores de pipas de barro. En Lyon, vociferan y gesticulan los héroes del Guignol Lyonnais, encabezados por el personaje típico, local, de Ñafrón. Y en algún gran escenario de Italia, actúan, en gira muy pregonada, los aristócratas del género que son los piccoli de Vittorio Podrecca, que han dado ya varias veces la vuelta al mundo, cantando óperas de Mozart y partituras, especialmente escritas para ellos, de Ottorino Respighi...
Continúa Carpentier refiriéndose, en párrafo siguiente, a los aportes de autores como Anatole France y Federico García Lorca.
Ya finalizando el artículo, Alejo vuelve su mirada hacia la escena local y escribe:
...la otra tarde, regocijándome con el espectáculo de muñecos de Freddy Reina, que ha creado, con su esposa Lolita, un auténtico teatro de marionetas venezolanas, donde Juan Bimba, María Moñito, la Vieja Inés, el Jefe Civil, el vendedor de escobas, la chiva y el ganso, animan una farsa deliciosa por su movimiento y su gracia. Y dentro de ella -esto es lo maravilloso-, a pesar del criollismo de los personajes, del decorado y del texto, volvemos a encontrar los eternos principios de la farsa universal, con su inacabable eficiencia cómica. Cuando el ladrón disfrazado de Vieja Inés asesta al escobero "doce palos y uno de ñapa", nos reímos como nos reiremos siempre del gendarme apaleado del Guiñol Anatole de París -como nos reiríamos de los bastonazos dados por Scapin de Molière al vejete escondido dentro de un saco. Y cuando pregunta Juan Bimba a los niños si el ladrón está bien muerto o finge estar muerto, cien voces contestan, angustiadas: "¡Vivo! ¡Cuidado! ¡Está vivo!"...
(...)
7 de febrero de 1953.
* * * * * * * * * * * * *
CARPENTIER, Alejo. "El pozo de la Vieja Inés" en Letra y Solfa: Teatro. Compilación y prólogo de Raimundo Respall Fina. Editorial Letras cubanas. La Habana, Cuba, 1994. pp.25-26.
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