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TEATRIN VIAJERO

DOS BEBEZOTES EN MEDIO DE LA MAÑANA

<strong>DOS BEBEZOTES EN MEDIO DE LA MAÑANA</strong>

Por: Juan Martins
Correo-e: estivalteatro@yahoo.es

Tomado del Foro Crítico en el marco de la XXIII edición del Festival de Teatro de Occidente 2005.
Página web del FTO: http://www.festivalteatrooccidente.com/

Estoy convencido que los actores que participaron en Bebezotes de Marcos Tafuri y Cida Buarque no fueron favorecidos en el espacio en el que el espectáculo tomó lugar. Pudimos notar que la proyección del trabajo se vio limitada y carente de nivel actoral por la presencia de elementos expresivos indefinidos en una parte mayor del trabajo. La falta de proyección de la voz conduce a interpretar de este espectáculo un hecho imponderable: falta de dominio del espacio teatral. Cuando un actor se encuentra en un nivel de formación es capaz, a pesar de las dificultades de afrontar una limitante como es el escenario en el que desarrolla su representación, llevarlo a las mejores condiciones actorales. Pero insisto, debe contenerse ese actor en un dominio y en un estilo cuya formalidad imponga el actor como principal elemento de expresión, trátese de teatro infantil o no. Aclaro que para mi criterio no debe hacerse distinción alguna. Lo que si debemos tener claro es la necesidad de tener un actor que sepa y contenga las técnicas cuya aplicación le permita desarrollarse en condiciones difíciles de la actuación. Y no cabe lugar a dudas que esta experiencia (dirigida por Ricardo Nortier para Contrajuego) no corrió con la mejor de las suertes. Voy a destacar algunas razones que me hacen esgrimir tal pensamiento.

En un primer momento nos relajó en la sala un dominio de colores y disposición del elemento infantil. Pero en la medida que se iba dando lugar la progresión dramática el espectáculo se mantuvo por igual hasta el final de la obra: el mismo nivel de proyección de la voz (en un momento a los actores dejó literalmente de escuchárseles). Este es un aspecto muy delicado que en futuras funciones deben tomar en cuenta sus jóvenes actores para su mayor experticia ante situaciones inversas. Es decir que una sala algo más íntima hubiese favorecido considerablemente el carácter de este espectáculo. Lo que no justifica la presencia de un proceso de investigación que exigía una labor como ésta. El hecho de tratar con dos personajes “bebés” compromete ciertas circunstancias con la psicología infantil y el tratamiento con el tema. Colocar en escena la vida de dos bebés puede ser innovador en tanto que todos los elementos de la obra se estén considerando, tanto estética como para el resto de las disciplinas. Y aquí se hizo evidente que tal investigación no se hizo para un mayor respeto de los actores. Partiendo de esta premisa, diríamos que el problema aquí no fueron los mencionados actores. Por ejemplo en el trabajo de Hender Díaz reparamos tales desniveles en la proyección de la voz —principal signo verbal del teatro-. Un tanto permaneció su compañero de trabajo Eduardo Montesinos, ambos en la representación de “Pedrito” y “Juanito” respectivamente. Lo que demuestra que la responsabilidad del director a quien hemos visto, hay que decirlo, en otras oportunidades con trabajos de mayor factura profesional. Resido que tomará estos aspectos en consideración para su labor artística. Y con facilidad tendremos más de lo que vimos sólo por momentos en la sala ese día: alegría en los niños, clímax y tensión dramática además por supuesto de mayor dominio del tema en cuestión.

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