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TEATRIN VIAJERO

TEATRO, ESCUELA Y VALORES

<strong>TEATRO, ESCUELA Y VALORES</strong> Por: IRAIDA FALCÓN CABRAL
Fuente: El Universal
Caracas, martes 30 de septiembre, 1997

Hablar

de valores es penetrar en un terreno delicado donde se entremezclan multitud de enfoques, aspectos y creencias, difíciles de unificar o como mínimo resolver desde una perspectiva global, lo cual no me planteo como tarea por razones obvias.

Mi aproximación al tema, en esta oportunidad, se ubica en la línea de una reflexión sobre los valores en el ámbito escolar, a propósito de la decisión de las autoridades educativas de encarar esta problemática como elemento importante en la formación de los alumnos, y en la consideración de la escuela como un espacio donde es posible fomentar o debilitar valores en sus miembros participantes, y del teatro como una estrategia pedagógica que no por inusual resulte impracticable o sencillamente inoperante.

Una propuesta en este sentido puede hacer surgir preguntas como: ¿van a dar clases de valores? ¿Se trata de montar un show, una parodia? Los alumnos, ¿podrán ser promovidos... aplazados o copiarse en un examen y obtener una buena nota? Y además, ¿cuáles valores? Valores para el consumo, la producción, la competitividad, la solidaridad, la libertad, la autonomía, la obediencia, la paz, la justicia, la verdad, ¿cuál? ¿Quién los va a enseñar? ¿Con qué preparación? ¿Cuál es el programa? Son muchas las preguntas que pueden surgir y por esa vía llegar al caos.

Lo que sí considero que es necesario tener claro es: cuáles son los valores que queremos que asuman los niños, cuáles son las estrategias de aprendizaje que vamos a utilizar y cuál es el inpout o materia prima o dicho de otra manera, ¿qué es lo que trae o aporta el niño como conductas valorativas de su hogar, su comunidad o de su cultura o religión particular? Este esquema simple, nos permite focalizar el punto de partida, el 'que' y el 'como', elementos indispensables para avanzar en la tarea.
Entre las muchas cosas que podemos señalar de los valores, cabe decir que los mismos no se imponen, no se recetan ni es un traje que se cambia fácilmente. Por el contrario, a nivel personal, constituye algo que 'valoramos', apreciamos, amamos... que nos mueve a actuar, a tomar partido. Cuando los sentimos amenazados podemos incluso inmolarnos... o inmolar a otros, hacer la guerra con nuestros hijos, padres, compañeros o el país vecino.

Esto de los valores, que pudiera ser tan complejo y escurridizo, tiene un punto de concreción a nivel de la expresión personal de los mismos: sólo es necesario observar la conducta: porque lo que reflejan y expresan nuestros valores no es lo que declaramos, no es el discurso: es simplemente lo que actuamos, lo que hacemos o dejamos de hacer. Y eso lo saben los niños incluso desde muy pequeños. Ellos incorporan conductas, reflejo fiel del modelaje desplegado por figuras significativas, por personas que admiran o con quienes establecen nexos de afectividad.

Lo señalado reviste vital importancia en el contexto de esta reflexión. Pone de relieve la fuerza del modelaje vale decir el ejemplo por encima de las normas, recomendaciones o prohibiciones establecidas. Coloca sobre el tapete la problemática de la inconsistencia o incoherencia de los mensajes, derivado de la incompatibilidad entre el decir y el actuar ¿podemos estar seguros que esta vivencia conflictiva de los valores, a nivel de los adultos, no la transmitimos de igual manera conflictivamente a los niños? El otro aspecto es la necesaria presencia del amor para la transmisión de valores a las nuevas generaciones.

Si por otra parte aceptamos que usualmente la incorporación de los valores sucede en épocas tempranas de nuestra vida, podemos focalizar a nivel de educación preescolar y primeros años de la escuela básica el énfasis de la acción en el ámbito escolar, sin desconocer el insustituible papel de la familia ni el poderoso impacto de otros agentes como la televisión.

Todos sabemos que el niño aprende haciendo y los adultos también y el juego presenta innumerables y a veces desconocidas facetas para el aprendizaje.

Cuando me refiero al teatro, lo hago en su acepción simple de 'actuar' algo, de practicarlo, más allá de leerlo, memorizarlo o recitarlo, y sin dejar de lado la tremenda capacidad de movilización personal que posee, no sólo para el actor sino para el espectador. La actuación ofrece la oportunidad de asumir plenamente un rol e incluso intercambiarlo. El guión lo provee la realidad cotidiana.

La ejecución es válida para cualquier aprendizaje. En el caso de los valores nos permite contrastar conductas antagónicas y avanzar en los niveles de comprensión acerca de los resortes que disparan la secuencia de respuestas, los patrones de comportamiento que deseamos enriquecer.

Para niños sería estupendo un juego de roles que ejerciten y roten. Que cada niño represente lo que trae de su casa como patrones o como creencias y lo interactúe con otros niños. Luego se analice y se discuta, y cada quien establezca su ganancia, en un ambiente de mutuo respeto, comprensión y libertad.

Esto nos podría conducir a una mejor claridad y coherencia en relación a los propios valores y una mejor comprensión y flexibilidad con los del compañero. Podremos acaso entretejer una nueva actualizada manera de vivir esos valores socialmente aceptables y avanzar hacia una cultura de tolerancia como preámbulo a una cultura de paz.

En todo caso, introduciremos una nota de dinamismo y disfrute, tan necesarios en el ámbito escolar, haciendo más interesante y menos pesada la actividad, tanto para el maestro como para el niño.

Esto, indudablemente, requiere repensar la educación, así como las estrategias de formación de los docentes.
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